Mai zerbal


Mai zerbal, madre humana salvaje, que intenta seguir su instinto y escuchar su intuición.

Madre mamífera, porque el ser humano es un mamífero del orden de los primates.

Madre entrañable, que ama a sus hijos desde lo más profundo de sus entrañas donde está el útero.

Madre complaciente, que se complace en complacer a sus hijos.

Madre insumisa, que hace lo que cree que es mejor para sus hijos a pesar de lo que digan otros.

Madre consentidora, porque siente lo que sus hijos sienten.

Madre respetuosa, que considera que un niño merece tanto o más respeto que cualquier adulto.

Madre nutridora, que nutre con su leche, su amor y seguridad a sus crías.

Madre natural, que intenta actuar como lo haría una hembra humana sin condicionamientos.

Madre defensora, que representa a sus hijos ante la sociedad y no viceversa.

viernes, 27 de mayo de 2011

Mi cuarto parto

La fecha probable de parto era para el 6 de mayo de 2011 pero yo tenía la intuición de que no iba a llegar. La última semana estuve notando mucho peso abajo y me mantuve reposadita pues Eider, la partera que me iba a acompañar, iba a estar dos días fuera. Ella regresaba el jueves, 28 de Abril, por la tarde y me puse de parto esa misma noche. Al medio día ya tuve la sensación de que algo iba a ocurrir pronto. Haciendo la comida notaba muchísima presión hacia abajo pero no tenía contracciones. Tuve el impulso de preparar mi nidito: un colchón, junto a la cama, en la habitación más pequeñita, donde había pasado muchas horas durante el embarazo haciendo ropitas a mi niña. Me quedé frita allí mismo y soñé con contracciones placenteras y la niña bajando, pero al despertar de la siesta ¡nada! Deshice el nido y por la tarde me fui a dar un paseo con los niños, cosa que hacía mucho que no hacía. Luego estuve haciendo solitarios con las cartas una y otra vez, sin poder pensar en nada. Esos últimos días estuve con dolor de piernas. Es un dolor circulatorio, que me da en las reglas, desde que nació mi primer hijo y que me ha dado en todos los postpartos, salvo en este, en el que me dió los días previos y después de parir ya no. Durante la tarde me dió alguna contracción algo más intensa de lo habitual.
 

Por la noche, cuando todos se habían dormido, yo no podía y me levanté para ir al baño. Al incorporarme después de hacer pis, me cayó una gota rosada en la pierna. Me sonaba que aquello estaba relacionado con el tapón mucoso. Me puse una compresa y volví a preparar el nidito. Eran las 12. Me tumbé en el colchón y estuve terminando "Pariremos con placer" de Casilda Rodrigáñez pues tiene el poder de activarme contracciones, y así ocurrió. Comprobé que si que estaba echando el tapón, apagué la luz y me tumbé sobre el lado izquierdo a intentar dormir. Me daban contracciones relativamente suaves y en mitad de una de estas, de pronto, noté un "plac" dentro de mi y, a continuación, como salía bastante líquido cálido entre mis piernas. Se había roto la bolsa y era la una. Me quedé inmóvil y empecé a llamar a mi marido, cada vez más fuerte porque no se enteraba y, cuando lo hacía, salía más líquido. Finalmente acudió medio cardiaco, el pobre. Al encender la luz vimos que había algo verdi-amarillento en las aguas. LLamamos a Eider y dijo que era muy importante comprobar el corazón. Nos había dejado una trompetilla pero Alfonso no había conseguido contar clatramente ningún día. Y aquel día, con los nervios, menos. A él le daba la impresión de que el rotmo era más lento, así que, como no era prudente esperar la hora y media que le costaría venir a Eider, tuvimos que ir al hospital de Tudela, que era el más cercano aunque no el que me correspondía, por ser de otra comunidad autónoma. LLamamos a un amigo, que vive cerca para que viniera a casa mientras tanto. Los niños dormían.


Debimos de salir sobre la una y media pasadas. En el camino me dieron contracciones cada 6 minutos, más o menos. Enseguida me llamaron para que pasara a urgencias de ginecología, donde había dos mujeres, una joven, que fue muy amable todo el tiempo y otra, que nos echó la bronca por ir allí, cuando no nos correspondía, a pesar de decirle que las aguas eran meconiales y nos preocupaba un posible sufrimiento fetal. Me pusieron el monitor y el corazón de Ilena latía a buen ritmo. Estaba perfecta pero tenía que estar allí 20 minutos con el monitor, me tumbé sobre el lado izquierdo para aguantar las contracciones. LLamamos a Eider y dijo que venía hacia aquí y que no me dejara hacer tactos con la bolsa rota. Dijimos que nos íbamos y ellas que no me podía ir. Al cuarto de hora dije que tenía que ir al baño y al levantarme me di cuenta de que me dolía mucho la pierna izquierda de arriba abajo. Y me entró una urgencia por salir de allí cuanto antes pues las contracciones se hacían más fuertes cada vez. En esto que vino la ginecóloga dispuesta a meterme mano y se ofendió mucho cuando no le dejamos y dijo que no nos podíamos ir, que allí mandaba ella. Y yo, marchándome por el pasillo, sin zapatos, con los calzos de plástico. Al final me hizo firmar un papel donde le eximía a ella y al hospital de toda responsabilidad. Y nos fiomos. Antes de entrar al coche, me dió una contracción fuerte y yo susurraba "ya vamos a casa, a casa, a casa...". Decidí meterme atrás, me desnudé de cintura para abajo y me puse de rodillas contra el respaldo. En el viaje de vuelta las contracciones ya eran muy fuertes y cada dos o tres minutos. Ya no soportaba que me hablasen entre contracciones y los botes del camino me sentaban fatal. De vez en cuando abría los ojos para ver por donde íbamos. Pensé en que me quedaría allí, en el coche, pero al llegar a casa, Alfonso abrió la puerta y hacía mucho frío. Entré en casa agarrada a Alfonso en plena contracción y así subí las escaleras para poder tirarme en el colchón. Me quité el resto de la ropa. Debían de ser sobre las tres y media.


Las contracciones me resultaban insoportables. En varias ocasiones, a lo largo del parto, me vino el pensamiento de que si me hubiera quedado en el hospital podría estar tan ricamente con la epidural, que aquello era una tortura horrible. También pensaba en lo distinto que había imaginado mi parto, dejándome invadir poco a poco por las contracciones, sin miedo, pero el viaje al hospital lo había estropeado todo y yo ya no conseguía relajarme, encima ¡ese dolor de pierna que no me permitía estar bien en ninguna posición! Le dije a Alfonso que preguntara a Eider por teléfono si podía bañarme y dijo que si, pero solo media hora, así que me metí cuando estuvo llena. El agua estaba caliente y enseguida empecé a relajarme, hasta el punto de quedarme casi dormida y entrarme agua y casi ahogarme... la media hora pasó rápido y tuve que salir. Entre tanto había llegado Eider. Serían las 4 y media. Me fui al cuarto y en la primera contracción Eider me acompañó haciendo sonidos graves y tocándome la espalda. me gustó. Me tiré en el colchón y empecé a recibir las contracciones, cada una en una posición, sin poder relajarme entre contracciones, pues la pierna dolía mucho. Cambiaba de posición todo el rato, subía, bajaba, me crispaba estirando las piernas y cruzando los pies. Solo conseguía relajarme tumbada sobre el lado derecho pero en esa posición no podía estar mucho pues no es buena para el bebé. Así que era un fastido, porque todo lo que me pedía mi cuerpo no era lo correcto. Harta, me levanté y me fui al baño. Sentía ganas de algo y no sabía si serían las famosas ganas de empujar que nunca antes había sentido. Creo que serían las 5 y media o las 6 porque Nuei se había despertado a las 5 y Alfonso estaba con él. No se si para entonces también se había despertado Lorién. Me suena verlo en el pasillo y que me hablase pero no se cuándo.


En el baño estuve un buen rato, sola. Me sentaba en el water, me levantaba y apoyaba en el lavabo, daba vueltas... notaba que si acompañaba a la contracción con presión me dolía mucho menos y me preguntaba si eso era lo de empujar. Eider no me hizo ni un solo tacto pues no es partidaria, y menos con bolsa rota así que me daba miedo estar emoconándome y que realmente la cosa no estuviera tan avanzada. Se alternaban contracciones en las que presionaba y no dolían y otras que dolían y se hacía insoportablemente interminables. Recuerdo pensar que aquello era una tortura, que la experienvcia no tenía nada de bonito, que solo valía la pena por mi niña y por mi niña aguantaba. En un momento dado decidí volver a llenar la bañera y la dejé llenando mientras me salí del baño porque estaba helada, temblando (y no llegué a volver a meterme).


Me fui al cuarto, de nuevo. No había nadie. Me alegré de seguir sola, así pude tumbarme e intentar relajarme. Al poco rato entró Eider y al verme temblando volvió a poner en marcha el calefactor. Yo lo odiaba porque en las contracciones me moría de calor. Eider me dijo que las contracciones se estaban distanciando y me preguntó que qué pasaba. Aquello me descolocó porque yo las estaban sintiendo horrorosas e interminables. Ahora pienso que parecían distanciadas, precisamente por lo mucho que duraban... y que en realidad el tiempo entre contracciones no era más largo. Pero en ese momento me desanimé mucho porque pensé que otra vez era yo la que estaba frenando el parto y no entendía por qué ya que esta vez no tenía miedo al expulsivo, ya que ya sabía lo que era. Alfonso también entró y me empezó a decir que no me pusiera tumbada que yo siempre le había dicho que quería parir de rodillas y a mi me supo mal porque si me hablaban me hacían regresar aún más del planeta parto al que no conseguía ir y encima me daban indicaciones en vez de dejarme llevar por mi instinto, pero es que mi cuerpo me llevaba a posturas donde no doliera la pierna y no a las que eran mejor para mi niña. Así que medio lloricosa acepté. Alfonso se puso sentado en la cama y yo, de rodillas, abrazándolo, a veces más alta, le mordía el cuello de la camiseta, otras veces más agachada le mordía el pantalón, el pobre debió de pasar miedillo... yo me desahogaba así y abrazándolo fuerte hasta casi ahogarlo. Las contracciones seguían alternándose hasta que claramente sentí la cabeza bajando entre las piernas. Aquello me fue serenando. La cabeza subía y bajaba pero estaba allí. Deseaba con todas mis fuerzas sentirla coronando y cuando comenzó la quemazón dije con toda serenidad. "Estoy sintiendo el aro de fuego". Y nada más, ni un grito, ni una queja. Me dajaba llevar por lo que sentía y no era empujar sino presionar y aguantar la presión para que la cabeza ya no subiera. Esta vez mi marido no lloraba. Todo era muy templado. El me decía "venga, venga" pero Eider le hizo un gesto, que yo no vi, de que me dejara hacer a mi pues según dice, lo estaba haciendo muy bien (de hecho no tuve ni el más mínimo desgarro). Eché la mano a la cabeza y toqué algo blando. En la siguiente contracción la cabeza terminó de salir. Noté como todo se estiraba y quemaba aún más. Yo no hacía nada más que aguantar, callada. Seguí callada hasta que en la siguiente salió el resto del cuerpo. ¡Increible! Ya estaba allí. Sentí doble alivio: físico y psicológico. Todo había terminado, había ido bien y ya no había dolor de ningún tipo. Eran las siete y venticinco del viernes, 29 de Abril de 2011.


La niña tenía la cabeza con un bulto raro pero Eider dijo que se iría en unas horas, que no nos asustáramos. Yo la miraba y no le decía nada, la veía adormecida y creo que inconsciente guardé la distancia por si no estaba bien. Recordaba la mirada de mis otros hijos y esta no abría los ojillos. Afortunadamente la niña estaba bien y mamando al cabo de unos cuantos minutos. Recuerdo gratamente el momento en que salió la placenta, muy pronto. Fue una sensación agradable y cálida. Eider cortó el cordón cuando hacía rato que no latía así que estuvo unos días muy coloradota.


Me alegro mucho de que mi hija haya nacido en casa y se que si vuelvo a tener que parir querré que vuelva a ser así, a pesar de que no me olvido de todo lo que fui pensando a lo largo del parto. Me ha costado escribir este relato, necesitaba coger distancia. Los primeros días tenía claro que no iba a tener más hijos pero tres semanas después ya no tanto...

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